Tardes grises en Quito

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Fotografiar la ciudad inventada

 

Por Ana Cristina Franco

 

Toda ciudad esconde otra: Esa gemela fantasma que la convierte en algo más que un cúmulo de hierro y cemento. La ciudad laberinto en la que, si se le abre la puerta al azar, todo es posible. Ya en la “Ciudad Desnuda” (2012), David Coral fotografió grandes urbes desde una perspectiva alejada de los lugares comunes y atraído por lo imposible: fotografiar, sin truncar la realidad, la ciudad imaginada; encontrar la poesía en la realidad más cruda, sin alterarla; buscar en las calles esos lugares que sólo existen en las páginas de los libros, en los sueños o en la mente.

 

Esta vez el escenario es Quito. Uno que nos recuerda al del Dr. Kronz, el viajero de Praga, —la novela de Javier Vásconez— donde los oficinistas se protegían en sus “jaulas de cristal”, los vendedores ambulantes parecían magos que ofrecían aspirina efervescente, y lo cotidiano y lo etéreo se entrelazaban en un universo misterioso y surreal. Resulta imposible, al ver estas imágenes, no pensar en un entorno kafkiano en el que lo burócratas combinan elegancia y decadencia. O en la literatura de Vila Matas en la que se construyen mapas invisibles en ciudades que no son sólo un escenario sino el tema central.

 

Sin embargo, este territorio que nace en la literatura no ha sido encontrado en el artificio sino en la realidad. La ciudad inventada parece existir en aquel sector de Quito en el que el Norte llega a su fin y el Centro apenas emerge. Las imágenes fluctúan entre el documental y la ficción. Son un retrato de cierta quiteñidad donde la ciudad oscila entre lo moderno y lo antiguo, lo occidental y lo andino. Cada cimiento da cuenta de una modernidad que nunca llegó.

 

Estas fotografías no buscan composiciones complejas, tampoco una escena espectacular y mucho menos la luz adecuada. De hecho, muchas veces su sentido se encuentra fuera de cuadro: como en aquella imagen de la fachada malgastada de un edificio de abogados que nos insta a imaginar su interior; o aquella otra de los tres urinarios que nos hace pensar en quién será el próximo en llegar. Más que retratar la ciudad, estas fotos parecen dar pistas para entenderla de otra forma. El mapa que se nos presenta adjunto es un recurso que no está pensado para ubicarse, sino, paradójicamente, para perderse; o en otras palabras, para entender la ciudad como territorio literario. “Importa poco no saber no orientarse en una ciudad. En cambio, saber perderse en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje” escribió Walter Benjamin.

 

Cada fotografía es el resultado de largas caminatas sin otro objetivo que divagar, que mirar como sólo es posible cuando se tiene una cámara bajo el abrigo como si fuera un revolver; una cámara como un arma que aunque, en ocasiones, ni siquiera se la empuñe, su presencia sirve para justificar la caminata, para “malgastar el tiempo”. Comprender esta búsqueda estética, no obstante, exige mirar como el Dr. Kronz, es decir, convertirse en extranjero.

 

Los paisajes urbanos se nos presentan reconocibles y al mismo tiempo extraños. Tenemos la sensación de verlos por primera vez y, sin embargo, sabemos que los hemos visto siempre. Es como si al ser mirados a través de la lente de David Coral, al ser señalados en el acto fotográfico, también fueran transformados. Bautizados en el instante de ese click que es impronta y muerte. No sólo la realidad se congela en la cámara, también la imaginación se inscribe en el asfalto. La cámara funciona como revolver o flecha, como objeto capaz de unir realidad y ficción, haciendo que la  ciudad que se pensaba perdida o imposible, exista.

 

David Coral ha fotografiado el aura de esta ciudad. Cada imagen revela la poesía invisible que ésta respira.

 

Quito, septiembre de 2019